Book's Not Dead! Crítica filosófica y poética.

lunes, 25 de agosto de 2014

Edmond Jabès, El libro de la hospitalidad, Madrid, Trotta, 2014


El 2 de enero de 1991 Edmond Jabès fallecía en París, ciudad que lo acogió después de que en 1956 fuera expulsado de su ciudad natal, El Cairo, a causa de su condición de judío. Pero fue precisamente en Francia donde se forjó su carrera literaria, además de encontrar un reconocimiento social que le llevó a colaborar con algunas de las principales figuras del momento. Jacques Derrida, por ejemplo, nos dejó testimonio de su respeto en estas palabras enviadas a Didier Cahen en motivo del homenaje a la muerte de Jabès. “Acababa de descubrir Le livre des questions, por casualidad en un quiosco de barrio, y allí había encontrado una voz, venida desde lugares a la vez inmemorables y entonces poco transitados, poco discernibles, una voz que entonces presentí que no me abandonaría jamás, incluso si un día él, Edmond Jabès, al que todavía no conocía, del que no sabía nada, ni siquiera si vivía y dónde, debía callar y dejarnos solos con sus libros. Desde aquella primera lectura, ya tuve cierta experiencia del silencio apofático, de la ausencia, el desierto, los caminos abiertos poco transitados, la memoria deportada, el duelo, todos los duelos imposibles”. Incluso cuando intentáramos explicar los meandros de la obra de Jabès no podríamos ser más precisos que el autor de Escritura y Diferencia, que consideraba a Jàbes como uno de sus referentes intelectuales. La suya, como se verá, es una obra plagada de silencios y de interrupciones que nos permiten ver las heridas de un pueblo y los retos olvidados que lo consumen.

Recientemente Trotta ha publicado el último de sus libros, de póstuma aparición, titulado El libro de la hospitalidad, un libro que cierra la senda abierta por la serie El libro de las preguntas, al que le siguieron El libro de los márgenes, El libro de las semejanzas y El libro de los límites, “libros divididos en libros, en otros libros, libros intercalados, desgarrados, interrumpidos”, como tal y como afirma Sarah Martín, responsable de esta edición. Sobre el estilo de Jabès podemos recurrir a la opinión de Paul Auster, quien, en El arte del hambre, comenta: “Ni novela, ni poema, ni ensayo, ni pieza de teatro, El libro de las preguntas combina todas las formas en un mosaico de fragmentos, de aforismos, de diálogos, de canciones y de comentarios que gravitan indefinidamente sobre la cuestión central del libro: como hablar de aquello que no puede ser dicho? La cuestión es el holocausto judío, pero es también la literatura misma. Gracias a un salto asombroso de la imaginación, Jabès trata ambos como si fueran uno”. Efectivamente, la obra de Jabès es una suerte de laberinto kabalístico hacia la interioridad de la mudez de la palabra divina delante de la suerte del pueblo judío. De tal manera que es posible afirmar que todos los libros de Jabès son uno y el mismo libro de acuerdo a lo que él mismo nos dice: “Yo no escribo. Me obstino”.

Leer el El libro de la hospitalidad es, pues, enfrentarse a un texto desdibujado, que intercala la reflexión con el cuento y la teología con la poesía. Inconexo a veces, este pequeño volumen se nos aparece, pero, preñado de sentido y de anhelo de pregunta que interroga a aquel que no quiere dar respuesta. “El desierto es mi lugar” advierte Jabès en las páginas iniciales, “y ese lugar es un puñado de arena”. Sin embargo, todo aquello que podria haber convertido a Jabès en un autor lleno de rencor y odio, la desgracia de saberse desgraciado, funciona en él como un motor lleno de enigmas que no decae en la voluntad de manifestarse a través de la literatura y las palabras: “escribir, ahora, únicamente para dejar constancia de que un día dejé de existir”, esa es la voluntad que animó siempre a Jabès a seguir expresándose y a seguir creyendo que hablar en la oscuridad era posible.

El último de sus hallazgos en ese oscuro camino, aquel que no pudo publicar en vida, fue la experiencia de la hospitalidad: “La responsabilidad aliena. La hospitalidad aligera” nos dice como hablándose a sí mismo. “Exiliado, tenías una baga idea de la hospitalidad”, que se fue recogiendo dentro de él durante toda una vida dedicada a la escritura y el arte. Conocidas son sus colaboraciones con Antoni Tàpies o el respeto que le profesó Maurice Blanchot.

La hospitalidad en Jabès se trasciende en espera. Podríamos entender este concepto tan griego desde el punto de vista de aquel que sabiéndose forastero encuentra alivio en una casa ajena, sin embargo en Jabès no es tanto la acogida lo que caracteriza la hospitalidad, sino la capacidad de aceptar el desamparo y acogerse a sí mismo “Qué importan las dificultades que encuentre por el camino. Acabará, en un momento dado, por llegar, porque se sabe fervientemente esperado”. Saberse esperado para siempre, he ahí la gracia y desgracia del pueblo judío que inspiran estas páginas: “El judaísmo comienza con el final del judaísmo”.

Después de una primera sección dedicada a preguntarse cual es la situación desde la que parte su obra, el libro se divide en pequeñas partes que sirven a Jabès para ir desgajando las caras de la hospitalidad. Así nos habla, por ejemplo, de la importancia de la lengua: “La lengua es hospitalaria. No tiene en cuenta nuestros orígenes. Puesto que no puede ser más que lo que podemos obtener de ella, no es otra cosa que lo que esperamos de nosotros”, o la influencia divina en esa condición: “la hospitalidad se lee como una buena nueva”. Sintetizando ambos pasajes: la hospitalidad nace de la indecibilidad de Dios que, a su vez, hace que surga la palabra. La palabra que en su vacío genera el mundo “El milagro del universo es que no hay milagro. Y somos incapaces de demostrarlo”.

Todo en Jabès es misticismo que sigue “las ramificaciones de lo opaco”, sin embargo sus palabras no nos llegan como las de un oscurantista que quiere ocultarnos algo, al contrario, en todos los versos que componen este libro, si es que podemos llamarlos así, se observa una clara voluntad de consuelo: “inconmensurable es la hospitalidad del libro”, un espacio para el adiós que dejan las palabras al intentar hablar: “el vacío, antes que al hombre, acoge al pájaro”. La escritura judía de Jabès contiene una tensión que se manifiesta en forma de promesa y, al igual que en Benjamin, la aspiración que genera la grieta por la que se cuela la resonancia de Diós configura un escenario a través del cual la humanidad se despliega dejándo ver sus aristas, sus imperfecciones, y su riqueza. De esta riqueza insiste Jabès nace el mandamiento de la hospitalidad.

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